23.4.17

¿Para quién vivimos? Max Aub
















Escritor Max Aub en el prólogo a La gallina ciega: "Sólo vivimos para con quienes convivimos". ¿Comprobación real de nuestros límites o justificación de nuestra caprichosa voluntad? Parece inclinarse el autor por lo primero: "Los demás, la inmensa mayoría, están fuera de nuestro radio de acción. Sabemos que existen, nos enteramos  -mal-  del quehacer de los más destacados, pero nos son ajenos. Sólo nos tocan, influyen, los que de una manera u otra  -hay muchas-  amamos, aun odiándolos o, si llegamos a tanto, despreciamos". Son palabras de 1969, en la introducción al libro que subtitula diario español. Y es que aún la herida de la guerra y sobre todo la de su exilio está presente. ¿Habla de una sociedad puntual, aún dolorosa y dolida, o sirve para cualquier tiempo? Propongo la reflexión sobre ello. Su conclusión particular, no obstante nuestros tiempos presentes de numerosas y complejas redes sociales, facilidad de contacto e intercambio aparentes y relativa disposición de ánimo a la comunicación, me deja helado y pensativo. "No se influye en quien no tiene afinidad con nosotros y menos sobre quien detenta un concepto distinto de la vida". ¿Se trata de influir o de aceptar y convocar a un juego participativo más abierto? ¿Buscamos la aproximación al otro, al diferente e incluso opuesto a nuestros criterios, o huimos de él para refugiarnos entre nuestro particular bando de ideas y conductas? Viejo tema; preguntas firmes y pensamientos vacilantes. Sin clara respuesta.




19.4.17

La patria como ajenidad, en voz del escritor húngaro Ödon Von Horváth















"No tengo un país natal y no me duele..." Ödon Von Horváth, interesante novelista húngaro (de los tiempos del Imperio austrohúngaro, para precisar mejor) que tuvo que huir del nazismo. Es como si denotase que el dolor es propio del que se siente atado a una estructura que íntimamente considera que no es suya. ¿Cuántos habrá así y no lo dicen? Prosigue: "El concepto de patria, falsificado por el nacionalismo, me resulta ajeno...Mi país es el espíritu". De oca a oca en aquellos tiempos, de nacionalismo autocrático a otro más autoritario todavía. ¿Será el destino de todos los nacionalismos acabar con las democracias y dejar sin el verdadero don que debe sostenernos, el libre pensamiento, a sus ciudadanos? La experiencia histórica del siglo XX parece que fue por ahí. Y las amenazas del XXI asoman. No solo entre los grandes países, los de mayor poder e influencia quiero decir, sino incluso entre territorios menores que ensalzan pasados que acaso no fueron como algunos cuentan, ni menos Estados, ni había tanta unidad cultural como se pretende. Un nacionalismo siempre acaba siendo deudor y subsidiario de otros. Buscar identidades para sostener inventos arriesgados puede ser sumamente peligroso para todos. Recurrir a pasados en los que se desplazó a unos hombres por otros, con todos sus bagajes, no es el mejor elemento para progresar. Detrás de las alegorías, siempre laten los oscuros intereses. Pero, ¿por qué no se profundiza en el diálogo y la búsqueda de nuevas formas de organización política que aúnen y no separen a los hombres?

Nota. Traduzco la frase de Von Horváth "mi país es el espíritu" en mi versión laica y creativa, por pensamiento, disponibilidad para el individuo de ir más allá de los límites de un Estado, una religión o un pensamiento único. Tal vez soy un irrenunciable de las ideas de modernidad del siglo XVIII y que marcaron las sociedades occidentales hasta el límite de nuestros días. Límite en juego. 


17.4.17

Los errores reconocidos por Antonio Orejudo (con una apostilla de Marco Aurelio)














Escritor Antonio Orejudo: "Cuando tienes cincuenta años te das cuenta de que te has equivocado en todo. Hay frustración, desilusión. Hay que ser muy ingenuo para no estar desengañado literaria, política y vitalmente". Reconocimiento imprescindible. A esa edad los tiempos de creer que uno se come el mundo se han pasado. ¿Demasiadas aspiraciones y carreras que no se pueden ganar? Tanto en lo político como en lo literario como en las relaciones afectivas o sociales lo peor que puede pasar es competir a dos bandas, con los de fuera y contigo mismo. ¿Puede uno tomarse las cosas de otra manera, incluso desde años de inicial madurez? Marco Aurelio diría: "A todas horas preocúpate resueltamente de hacer lo que tienes entre manos con puntual y no fingida gravedad, con amor, libertad y justicia, y procúrate tiempo libre para liberarte de todas las demás distracciones". ¿No nos habrá pasado a muchos, en la senda de un Orejudo, de que tanto afán por conseguir objetivos máximos nos han dejado desnudos para los más cercanos e íntimos?